No se trata de caídos en el frente de combate, puesto que los mártires no lucharon contra nadie ni siquiera fueron héroes en nada, ya que ninguno murió para mostrar su coraje o arrojo personal, recurriendo a los medios humanos. Tampoco fueron personas que simplemente murieron como cristianos, encomendando su alma a Dios.

Nuestros mártires fueron hombres y mujeres que Iglesia de la Mercedviolentamente murieron por su fe y por su identificación con al Iglesia, sin buscar esta muerte pero también sin huir de ella.

El martirio es una gracia de Dios, y si alguien lo busca por su cuenta sin haber sido elegido, sólo contará con sus fuerzas pero no tendrá la fuerza del Espíritu ni será capaz de decir o responder a las torturas como Dios quiere.

Martires malagueñosHay gente que murió como cristiano, con buen espíritu, arrepentido de sus pecados y rezando, pero no murieron precisamente por ser cristiano sino por otros motivos, como pudieron ser sus ideas políticas o su posición económica.

Decir que alguien es mártir sólo puede decirlo la Iglesia, después de oír la voz de Dios a través de lo que digan los fieles y de llevar a cabo una investigación rigurosa de cómo fue su muerte, por qué sus verdugos le odiaban, y cómo respondió a la violencia. En esta página se presenta no a los mártires ya reconocidos como tal por la Iglesia y propuestos para ser venerados y tenidos en cuenta, sino a personas a las que se ven indicios de martirio por odio a Jesucristo y a su Iglesia.

Para la beatificación y la canonización la última palabra la tiene el obispo diocesano y el Papa, pero estos requerirán que el se quiere beatificar y canonizar tenga fama de santidad o martirio, y que una rigurosa investigación lleve a la certeza moral de que pueden ser considerados beatos o santos, por sus virtudes o martirio.

"Resulta evidente –como dijo Benedicto XVI- que no se podrá iniciar una causa de beatificación y canonización si faltara una fama comprobada de santidad. Incluso en caso de personas que se hubieran distinguido por su coherencia evangélica y por determinados méritos eclesiales y sociales". Lo mismo, -continúa el Papa en el mismo discurso- "es preciso hallar pruebas irrefutables sobre la disposición al martirio como efusión de sangre y sobre su aceptación por parte de la víctima, pero resulta igualmente necesario que aflore, directa o indirectamente, aunque siempre de manera moralmente cierta, el odium fidei del perseguidor. Si falta este elemento no estaremos ante un martirio autentico según la perenne doctrina teológica y jurídica de la Iglesia"