Casado, Registrador de la Propiedad, de profundas creencias religiosas. En medio de la persecución (estando prohibido el culto) en su hogar se seguía rezando diariamente el rosario y los festivos leía personalmente la Santa Misa ante su familia. En aquellas circunstancias ofreció su vida a Dios por la salvación de la Patria. El 17 de julio, presintiendo la tragedia que se cernía sobre España, comenzó un diario en el que recogía con el mayor detalle lo que sucedía en ésta —de lo que se informaba por una paciente escucha de la radio— y en Ronda. Su relato, preciso como un testimonio notarial, comprendía 541 cuartillas, finalizando el 12 de agosto. Salvado milagrosamente sería más tarde editado, para la familia y allegados, por sus hijos.

El día 13 de agosto un grupo de milicianos armados penetró en su hogar y tras un largo registro se lo llevó detenido, siendo asesinado a las 4 de la madrugada del 14, con otros diez compañeros de prisión a los que exhortó a bien morir. Dejó siete hijos, el mayor cumplía aquel día 10 años, y a su mujer, de 32 años, embarazada de cinco meses. Pocos días antes de ser detenido había dicho a ésta: "¡Si me llega la hora me verán morir, pero no me verán temblar". Al bajar del camión que lo conducía a las tapias del cementerio gritó: "¡Viva Cristo Rey, viva España!". "¡Cállese!", le gritaron. "¡Viva Cristo Rey, viva España!", vitoreó por segunda vez. "¡No lo dirá más!", respondieron. Y al gritar por tercera vez "¡Viva Cristo Rey…!" Un tiro en la nuca segó su vida. Según testigos de su exhumación, tenía los brazos fuertemente atados al cuerpo con alambre de espino y las muñecas quebradas hasta el punto de haberse desprendido las manos. Lo ejemplar y heróico de su muerte sorprendió a los propios asesinos (plenamente identificados), que admirados lo comentaron en Ronda ante numerosos testigos.